El retorno del Junker

EL RETORNO DEL  JUNKER – 1972

 

En la primavera de 1975, unos meses antes de que todo, de repente, fuera ya distinto, un editor un poco más loco de lo habitual me pidió que le hiciera un libro dedicado a Carlos Mensa. Yo era amigo de Mensa; había ido con él a pescar y a comer tordos con col y berenjenas rellenas, y a discutir sobre música barroca, menesteres todos ellos que Carlos colocaba en la nómina de los en verdad trascendentes y, por eso, sabía que se trataba de una tarea imposible. El hablar de arte conduce muy deprisa, y salvo extrañísimas excepciones a todas luces ajenas a su persona, hacia la adulación o la petulancia.

— Hazle una entrevista. Que hable, y diga cosas sobre sus cuadros ¿no? Tampoco es tan difícil.

Cuando los editores son amigos, uno acaba por hacer tonterías. Y acepté. Recuerdo vagamente que Carlos me citó en su estudio y que llegué hasta allí en un metro de esos que, en los arrabales, va al aire libre, y que luego tuve que subir una cuesta la mar de empinada, y que hacía calor.

Cuando llamé a la casona grande, mágica y destartalada como debía ser, estaba sudoroso, cansado y harto de hacer idioteces. Pero todavía conservaba el magnetofón colgado del hombro.

Llamé a la puerta. No sucedió nada. Volví a llamar y me pareció ver una sombra en la ventana del piso de arriba. Grité:

— ¡Carlos!

Al poco, no sé cómo, la puerta se abrió. Entré y no había nadie. Cruce un pasillo y varias puertas hasta que al fondo, lo encontré. Carlos estaba solo y rodeado de cuadros y luz. Me miró con gesto un tanto huraño.

— ¿Qué es eso?

— Un magnetofón.

– ¿Un magnetofón? ¿Para qué? ¡Oye, no me irás a hacer una entrevista, ¿verdad? ….!
— No, hombre, yo siempre llevo un magnetofón al hombro cuando viajo. Igual que los turistas, ya sabes. Como una máquina de hacer fotos. Es por si se me ocurre algo.

La mirada de asesino, habitual en Carlos Mensa, se agudizó un poco ante la evidente falacia. Para tranquilizarle no tuve más remedio que dejar el magnetofón encima de una silla que enseñaba un poco las tripas, al lado de la puerta de la sala. Y nos fuimos al piso de arriba, hermanados en el azoramiento de una situación ridícula que ninguno de los dos había buscado.

— ¿Quieres tomar algo?

— No, gracias.
— Bueno, es que de todas formas no hay nada. Si quieres tomar algo nos vamos a Barcelona, al piso.
— No, de verdad, estoy bien así.

Que yo sepa Carlos jamás pintaba delante de los curiosos, por más que se hubieran desarmado de manera ritual a la entrada. Carlos, nunca hacía nada que pudiera, ni remotamente, relacionarle con el hecho por otra parte evidente de que era un pintor. Y eso incluía, claro está, el negarse hablar de su pintura.

— Vaya calor, ¿verdad?

— Sí, seguro que te tomabas una Fanta …..

Después de comprobar nuestras opiniones idénticas sobre la temperatura —Carlos vestía de negro—, lo incómodo del viaje —Carlos se negaba a viajar en avión— y los diversos estados de salud y condición matrimonial de nuestros amigos comunes, la conversación neutra no pudo sino languidecer dando paso a temas más espinosos.

— Así que vas a hacer un libro sobre mí. ¿ No es cierto?

— Pues ahora que lo dices, sí, sí que es cierto.
— Bueno, tú pon lo que te dé la gana y luego dices que te lo he dicho yo. ¿ Vale?
— Vale.

El alivio de Carlos Mensa justificó por sí solo, el viaje. Se puso a hacer locuras —dentro de un orden—, e insistió en conducir para irnos a Barcelona a tomar coñac y cerveza. Mucho más tarde, después de que me hubiera contado cómo fueron a detenerle en tiempos heroicos los del Tribunal de Orden Público (aquél instrumento franquista que servía para perseguir masones y rojos), tan agradecido estaba por no haberle hecho entrevista alguna que me regaló el disco de la Ritirata Notturna de Madrid de Boccherini en edición de la Deutsche Gramophon agotada y retirada de catálogo. Un mes después intentó que se lo devolviera. Todavía lo tengo en casa.

Así que escribí un libro sobre Carlos Mensa sosteniendo que Carlos Mensa no existía. Que era una invención, un zombi construido y amañado para mayor gloria de la teoría del absurdo. A Carlos le gustó mucho, tanto que hasta me lo dijo. Desde entonces, insistía en que fuéramos a pescar más a menudo. Yo creo que en el fondo Carlos dudaba en verdad de su propia existencia, sobre todo cuando leía lo que decían de él los críticos y se miraba luego en un espejo las manos y la cara.

Luego, de repente, Carlos Mensa se nos murió convirtiendo en dogma la tesis de su inexistencia. Tengo que confesar que yo estaba muy equivocado. Carlos Mensa existía, vaya que sí. Y sus cuadros eran la forma de decirnos todo lo que callaba bajo la mirada torva y la sonrisa socarrona. El tópico obliga a decir que no ha muerto, que tenemos sus obras. Pero ésa es la mayor mentira de todas. Nunca más iremos a pescar, ni me pedirá que le devuelva el Boccherini, ni nos reiremos de los moralistas de la izquierda y la derecha. Nunca más entenderé lo que quiere decir un cuadro de Carlos Mensa ahora que él no puede ya negarse a explicármelo.

CAMILO JOSÉ CELA CONDE

 

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