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Carlos Mensa (1936 – 1982) es uno de los artistas más singulares de la segunda mitad del siglo XX, con una sólida trayectoria pictórica realizada en tan sólo 25 años- murió tempranamente a los 46 años-que le convirtió en un referente de una nueva figuración, una obra minuciosa e impecable en la ejecución y avanzada en la recreación de una iconografía personal.

En sus inicios se dejó seducir por algunos de los movimientos que dominaban la escena artística barcelonesa, principalmente el Informalismo, con obras sobre papel o cartón y lienzos de gran formato y colores monocromos. Enseguida empezó a concebir una manera de pintar que ya denotaba un interés por la figuración (grotesca y deforme, muy del gusto del arte coetáneo hecho en París) y por la plasmación de aspectos obsesivos en lo que iba a ser su carrera posterior como eran su capacidad por revelar el sufrimiento a partir de cierto expresionismo que caracterizó sus obras posteriores, hasta configurar un peculiar mundo caracterizado por lo sarcástico, la denuncia social y política. El paso del óleo a la pintura acrílica conforma una habilidad técnica inusual, casi virtuosa, con guiños al surrealismo metafísico que convierte a Mensa en un artista de original ingenio que otorga protagonismo al hombre como sujeto víctima de su propia condición. Hacia mediados de los setenta, sus obras ya presentan visiones alegóricas y escenas imposibles a partir de los históricos géneros pictóricos como son el desnudo, la mitología, el retrato, la maternidad, el autorretrato entre otros. Se convierte en un cronista crítico, ácido e irónico en algunas obras, frente a otras de marcado acento poético, sobre todo a partir de los años setenta, en que deviene un artista maduro, sólido y más sutil, marcado ya por la introspección y la preocupación existencial del hombre.

Pep Pinya

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